Contacto en Francia


Este es un capítulo virtual de una historia virtual llamada “Bramánido” (?) que algún dia vera la luz. Lo titularemos “La era demiurga”

[…] Anatoliy caminaba por la línea abismal entre la insanidad y la locura. Una columna de transeúntes lo separaba de un imbécil que buscaba su cabeza de 45 mil rublos. Se apostó sobre una esquina y aguardó el switch del semáforo para hacerse de unos centímetros y de la sien del adversario. El día era necesariamente un obstáculo. El elemento “testigos” no era un estorbo en tanto publicidad del acto, de hecho era un aliciente. Pero el concepto de duelo siempre le había fascinado. Así que… simplemente abrió fuego sobre la gente para generar ese pasillo mortal por el que las balas se conducen. 5 segundos después de accionar el gatillo ya había 3 metros de espacio vital. Podía verle las facciones de la cara. Era caucásico, de pronunciada barbilla y ojos pequeños. “un maldito gitano” resumió Anatoliy. “¿Envían un condenado transilvano por mi?”, su ego viajaba por las 20 mil leguas submarinas sin siquiera conocer a Nemo. Caminó brioso a la muerte sin encontrar represalias. Fue cuestión de saludar las rotulas gitanas con casquillos de bronce.

Para hacer la delicia completa, tan solo a 70 metros otro idiota cometía el desliz de robar una tienda de mascotas. “¿Qué carajo le hizo una tortuga a la humanidad?” reflexionaba nuestro soviético amigo. Una corrida irregular en el escenario dantesco que Anatoliy había desatado alertó los sentidos y lo pusieron frente al estupido armado.

La risa nerviosa corroía la paciencia de los presentes, casi espectadores de una batalla gratis. Por supuesto que Anatoliy no era evasor de tal fenomenología. Dos palabras y media sentenciaron el destino: “qué carajo mir…”, certero y artístico dibujo una sonrisa en el cráneo ofensor con su escalpelo laboral […]

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